En la Imaginación 

Cuando se pone el sol tras las hojas de los brezos. Cuando se confunden las hojas de los árboles con los arbustos y las hierbas del bosque. Cuando el olor del mirto se abraza con el olor del romero y el tomillo y la jara, y la dama de noche despierta para empapar de fragancia a la brisa suave que baja por las faldas de la montaña. Lalaia, la reina de las hadas que vive en los troncos de los árboles viejos, todos los días se reúne con sus hermanas y con las arañas y las libélulas y las mariposas y las abejas y las moscas del bosque para hablar de muchas cosas.

Uno de los muchos días que tuve el privilegio de oírla, hablaba así:

Hermanos del bosque bien sabéis que nosotras las hadas hemos trabajado mucho dentro de la imaginación humana. Desde ella hemos preservado muchos lugares, que envolviéndolos en el misterio y el encantamiento de la leyenda los hemos vuelto vírgenes a la destrucción y al desorden.

Ha habido momentos en el tiempo, ya lejanos, cuando el hombre aún era nuestro amigo, en que su imaginación crecía tanto que llegó a tocarnos y hasta a materializarnos y a hablarnos. Y en aquel tiempo vivíamos en relación con él y compartíamos con él los secretos de la Madre Tierra y junto con él la cuidábamos y amábamos como lo que es, nuestra Gran Madre Común.

Él hacía agradable nuestros días y nosotras hacíamos agradables sus sueños y los sueños de sus hijos.

Él nos daba su fuerza y nosotras le dábamos las alas que su imaginación necesitaba para volar más allá de la rutina de sus sentidos, y más allá del espacio que podía recorrer en muchos días a caballo y muchos años a pie.

Sus hijos hablaban directamente con nosotras y aún cuando la edad los volvía duros y no maleables, muchos, siguiendo nuestros consejos, continuaban dialogando con nosotras y se trabajaban hasta mantenerse maleables como el agua y fluidos como el viento y amplios como la Gran Madre. Incluso sabían salirse del sueño para vivirlo y sabían volverse de nuestro tamaño y así entrar en nuestros hogares y jugar con nosotras y desde nosotras comprender y vivir a la Gran Madre y llegar a besarla en la frente como la besa su esposo el Gran Padre Sol.

                          

Pero, generación tras generación, vimos con temor como la luminosidad del hombre se iba volviendo más opaca y cada vez los rayos de luz que salían de su aura llegaban menos lejos e iluminaban menos entorno. Vimos como lo que hace mucho tiempo era un núcleo de luz hermoso y fuerte que envidiábamos todos y todos deseábamos imitar, con el paso de sus generaciones se iba volviendo una túnica de luz que a muchos hombres apenas cubría y a otros apenas si llegaba a iluminarles la cabeza, dejando el resto de sus cuerpos sumidos en una bruma gris y oscura de malos augurios.

Y así notamos que los hijos del hombre se volvían cada vez más huidizos y cada vez menos imaginativos; porque cuando alguno de entre ellos nacía con una imaginación sana, los demás no lo veían como seguro y lo echaban de su presencia. Decían de él que era un lunático y que no sabía poner bien los pies sobre la tierra. Y también decían que les mostrara delante de sus ojos aquello que él veía con los suyos. Decían que les demostrara con pruebas que ellos pudiesen tocar con la compresión. ¡Es curioso, hablaban de la comprensión cuando se referían a algo que habían desarrollado en sus interioridades como un mecanismo de defensa para justificar el desequilibrio, en que cada vez iban cayendo más y más! Contentar ese algo que llamaban comprensión era para ellos entrar en un estado como de tranquilidad, aunque este contentar no tuviese nada que ver con la verdadera realidad de la Gran Madre, a la que ya casi apenas veían como lo que era, es y será.....